Articulo

De la generación bisagra a la segunda adolescencia

DIARIO EL LITORAL

SECCIÓN NOSOTROS

Edición Impresa - Sábado 29 de junio de 2013

De los 45 a los 65 años transcurre un período en la vida, que incluye dos procesos que anteceden y preparan para la vejez. Los desafíos y cambios que se viven en esta etapa, que puede ser considerada una segunda adolescencia.

TEXTOS. AGUSTINA MAI. ILUSTRACIÓN. LUCAS CEJAS. FOTOS. guillermo di salvatore y el litoral.

Desiado viejo para el rock and roll, demasiado joven para morir” fue el título de una canción de la banda británica “Jethro Tull”. Pero también podría aplicarse a una generación -y un nivel social- que está tensionada entre dos obligaciones: cuidar a sus padres -ya muy mayores-, pero también a sus hijos, que empiezan a ser jóvenes adultos. “Se llama generación bisagra a la integrada por personas entre 45 y 55-60 años aproximadamente. En este período, nuestros padres aún suelen vivir, e incluso puede estar vivo algún abuelo, pero envejecidos y con algunas discapacidades o deterioros provocados por el paso del tiempo. Por otra parte, nuestros hijos han dejado la adolescencia atrás y están comenzando a trabajar, culminando sus estudios o ya son profesionales, se han casado o formado pareja y es muy posible que ya haya nacido nuestro primer nieto”, contextualiza el gerontólogo Hugo Valderrama.

Es así que las personas de entre 45 y 60 años están jalonadas por varias responsabilidades. “Debemos ocuparnos de ‘los abuelos’: controlar cómo se alimentan, la higiene personal y de la casa, la seguridad por los riesgos de accidentes, de agresiones o robos y del manejo del dinero, entre otros. Pero también nos preocupamos y ayudamos a nuestros hijos, que pueden estar en plena crisis por la búsqueda del primer empleo, la reciente paternidad, por el manejo del propio hogar y otras obligaciones que la adultez les impone”, detalla este médico geriatra.

Es así que las responsabilidades se concentran en esta generación intermedia. “Somos la bisagra de la que penden, por un lado nuestros hijos y a veces primeros nietos y, por el otro, nuestros padres y suegros. Quedamos en el medio de este conjunto de personas, sosteniendo y ocupándonos de todo y de todos”.

Según Valderrama lo paradójico de esta situación es que llega cierta edad en que uno cree -o anhela- tener el derecho a relajarse un poco, después de años de trabajo intenso: profesional, en el hogar y en la crianza de los chicos. Pero es justo en ese momento, cuando más personas dependen de esta “bisagra”.

Y esta tensión exige una búsqueda constante de equilibrio, que puede tener sus consecuencias en la salud y en otros aspectos de la vida. “Es un período de gran presión psicosocial y desgaste, tanto en lo físico como en lo psicológico y económico. Porque no alcanza con apoyar y contener a la familia, sino que el dinero pasa a ser prioritario para la solución de algunos de los obstáculos que enfrentamos (alquileres, créditos, personal de cuidados, medicamentos, etc.)”, indicó Valderrama.

¿OTRA VEZ ADOLESCENTES?

Pero además de este jalonamiento entre padres e hijos, entre los 45 y los 60 años se da otro proceso, al que Valderrama denomina la “segunda adolescencia” o “gero adolescencia”. Esta etapa se da en el momento de la vida en que las cosas parecen estar encaminadas, pero las personas empiezan a preguntarse -a veces con recelo, otras con preocupación- sobre cómo será la vida después de los 65 o 70 años.

Y esta inquietud no suele encontrar un modelo o referente: los padres ya no suelen estar y no es fácil encontrar ancianos que puedan ser guías en este camino hacia la vejez. “Entonces tomamos conciencia de que sólo nosotros podemos decidir lo que deseamos que nos pase en la vejez. No hay otra persona a quien consultar porque en la punta de la pirámide de esta vida vamos a estar nosotros, los que tal vez lleguemos, los que se supone vamos a tener la experiencia y el conocimiento como para ayudar a encaminar a los que vienen atrás”, sostiene el gerontólogo.

La adolescencia es una etapa en el desarrollo biológico, psicológico, social y sexual, posterior a la infancia, que comienza con la pubertad. En este período, generalmente entre los 13 y los 21 años, hay una búsqueda de identidad y se define al individuo para toda su vida adulta.

¿Por qué Valderrama habla de segunda adolescencia? “Porque también se caracteriza por ser una etapa en la que se producen cambios en las esferas biopsicosociales y sexuales de las personas. Es un período de transición que transcurre entre los 55 y 70 años, caracterizado por una crisis de despersonalización transitoria por los cambios previos a la llamada tercera edad”, define.

¿Qué factores motivan esta crisis? Son varios los aspectos que se conjugan, que llevan a las personas a replantearse su futuro y sus proyectos. Uno de ellos es la ausencia de los hijos (“nido vacío”), que es difícil de superar. “Si no construimos proyectos personales o en conjunto y estimulamos permanentemente el amor en la pareja, podemos entrar en conflicto aunque tengamos una saludable unión matrimonial”, advierte Valderrama. Sin embargo, considera que hay aspectos que juegan a favor de una reinvención de la pareja, como la pérdida del temor a los embarazos en las mujeres y un nuevo sentido de libertad, madurez, experiencia y hasta una nueva forma de gozar la sexualidad de la pareja.

Otro aspecto que influye en estos años de madurez es que los éxitos y fracasos de los hijos pueden percibirse como propios, con la necesidad de convertirse en guías y transmisores de experiencias.

Además, a esta altura de la vida la salud comienza a ser una de las principales preocupaciones, así como también verse más jóvenes y sentirse mejor. “El tiempo se estructura más en términos de lo que falta por vivir que de lo vivido. Importa más el cuántos años me quedan que el cuántos tengo. El temor a la viudez se da más en las mujeres, y a la enfermedad, más en los hombres”, comenta Valderrama.

La vida profesional también puede generar malestar, ya que el trabajo de tantos años pesa y provoca cansancio o aburrimiento. Pero la dependencia de otros o el temor al desempleo también son fantasmas que empiezan a aparecer. “Llegamos a esta etapa con una gran experiencia profesional o laboral, pero las motivaciones y las opciones para llevar adelante proyectos, que en otros momentos nos hubiesen entusiasmado mucho, ya no son las mismas. La realidad nos hace ver que no aspiramos a que se produzcan grandes cambios en nuestras vidas y que aquí estamos, por ahora en la cima de la lúcida madurez, pero con dudas, temores e incertidumbres sobre nuestro futuro... como nuevos adolescentes”, explica el gerontólogo.

En esta etapa, las personas se topan con la realidad de que la juventud se acabó, pero también queda tiempo por delante. “Por eso hay que comenzar a ocuparse del cómo vivir lo que queda. Cada vez se va haciendo más fuerte el deseo de compartir más tiempo con los seres queridos y el poder hacer alguna de esas cosas como viajar, aprender a pintar o a cantar, que siempre anhelamos, pero que por el trabajo, la crianza de los hijos o las actividades de la vida diaria, no se pudieron concretar”, concluye Valderrama.

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Hugo Valderrama, gerontólogo.

TIEMPO DE CAMBIOS Y DE OPORTUNIDADES

El cuerpo no es ajeno al paso del tiempo. “Las pausias, la meno o la andro, nos hacen sentir distintos y comenzar a mirar los cambios en nuestros cuerpos casi con susto. Cuesta cada vez más mantenerse en peso, poder dormir muchas horas, recuperarse después de trasnochar, evitar el uso de un cepillo de baño para enjabonarse la espalda o ponerse en cuclillas sin sentir el esfuerzo al incorporarse. Las dietas se transforman en parte de nuestra vida cotidiana para controlar la presión, los rollitos, el colesterol o la glucemia”, detalla Valderrama.

Estos cambios físicos van de la mano de sensaciones contradictorias como angustia, tristeza, euforia y hasta logros. “A pesar de que es una etapa conflictiva para con nosotros mismos, esta segunda adolescencia es la llave para pensar en la construcción de la vejez que todos esperamos, plena y con sentido, sin desesperanza y con alegría”, asegura.

Para lograrlo, este gerontólogo recomienda “no dejar nada en el tintero”. “Es tiempo de arreglar las desprolijidades que hayamos cometido en la vida, de limar asperezas con los seres queridos y de aprovechar nuestra lucidez para perdonar y pedir que nos perdonen”.

Es cierto que no todas las personas transitan la pre vejez de la misma manera o que reflexionan acerca de lo que están viviendo. Pero es importante aprovechar cada momento de la vida como una posibilidad para seguir creciendo. “Las oportunidades están para que se las identifique y aproveche, para seguir creciendo cada día un poco más. Agradezcamos a dios la posibilidad y disfrutemos de esa opción”, concluye el especialista.