Articulo

El implacable paso del tiempo

Dario El Litoral

Nosotros
Edición del Sábado 18 de julio de 2009

En el proceso de la vida, el paso del tiempo no siempre implica deterioro físico. Pero, ¿qué pasa cuando se decide institucionalizar a un adulto mayor? TEXTOS. MARIANA RIVERA. josé vittori, flavio raina y el litoral.

Así como nadie nace sabiendo ser padre y sólo la vida enseña a las personas a serlo, con sus virtudes y sus defectos, nadie está preparado para saber qué hacer cuando nuestros propios padres comienzan a deteriorarse, física y/o mentalmente, y requieren cuidados especiales porque no son completamente independientes en sus actividades de la vida diaria.

Incluso, la situación va más allá si esa dependencia no puede ser cubierta por alguna persona capacitada para el cuidado de adultos mayores en su propio hogar y, por este motivo, debe surgir la determinación en el seno familiar de llevar a alguno de ellos o, a ambos, a una institución de salud para adultos mayores.

Sentimientos de culpa, peleas entre hermanos y conflictos económicos son algunas de las circunstancias que se viven en esas familias al momento de tomar la decisión. Por este motivo, es conveniente estar bien asesorados cuando este tipo de decisiones sean inminentes, para estar seguros de que sea la manera en que nuestros padres continuarán sus días con calidad de vida, bien atendidos y cuidados, con el mismo bienestar como el que nos brindaron a nosotros de niños.

El Dr. Hugo Valderrama dialogó con Nosotros en relación a estas situaciones familiares que generalmente quedan en manos de lo que se denomina -en el área gerontológica- la generación bisagra.

“Son las parejas de entre 45 y 60 años que están aguantando de todos lados: dando lo mejor a los padres (quienes comienzan a quebrarse, de alguna manera, y demandar servicios) y a los hijos (generalmente en la universidad o tratando de colocarse laboralmente). En relación a los padres, al principio está todo bien pero después aparecen situaciones que generan turbulencias familiares por la toma de decisiones: qué se hace cuando el anciano comienza a andar mal. No hay bolsillo ni personalidad previa que aguante semejante situación y ni qué hablar si hacen demencias. Mientras tanto, uno tiene que rendir a nivel laboral y de pareja”, planteó.

MODELOS DE CUIDADOR

En otro orden, el profesional especializado en Gerontología continuó relatando cómo se va viviendo esta situación dentro del seno familiar: “Frente a la no preparación de la familia y la falta de preocupación por parte del Estado en relación a este tema, la gente se encuentra con que un día se despierta y ve que tiene a su papá o mamá con problemas. Esto generalmente comienza a hablarse en la familia. Naturalmente, el primer cuidador siempre es el cónyuge, el anciano. Pero luego los hijos comienzan a verlo como cargado por la situación y no saben hasta cuándo un anciano puede cuidar a otro anciano porque comienza a tener problemas de salud”.

Y continuó: “Luego aparece la necesidad de dar servicios y aparece el segundo modelo de cuidador, generalmente una mujer, una hija, soltera, separada o única hija mujer que se hace cargo. Los varones, en general, son muy hábiles para esquivar la situación, ponen el dinero que se requiera pero no se hacen cargo “con el cuerpo’ de su familiar”.

Pero la situación continúa cambiando y empeorando la relación entre los miembros de la familia si esa dependencia inicial avanza. En este sentido, Valderrama planteó que “mientras la dependencia sea inicial, la familia la acepta. Socialmente muestran a ese abuelo que usa bastón, hasta con orgullo, pero si se levanta y en el pantalón se le ve una mancha de orina, se empieza a sentir vergüenza de él. El anciano se convierte en una carga familiar. Cuando esto ocurre, la gente piensa en la necesidad de turnarse entre varios hermanos para cuidarlo. Generalmente, el que más plata tiene ayuda a pagar a un cuidador de ancianos; en otros casos, si los familiares viven cerca, el anciano vive un mes en la casa de cada hijo. Esto es lo peor que se puede hacer porque se lo moviliza al anciano y produce cuadros confusionales”, aconsejó.

OTRAS ALTERNATIVAS

En este punto, el profesional advirtió que “la gente busca soluciones pero nadie tiene una solución definitiva sino que va haciendo lo que le parece mejor, con total desconocimiento de la realidad desde el punto de vista gerontológico. Lo hacen hasta que se dan cuenta que no sirve y se busca ayuda externa: lo que denominan “una señora de confianza’. Pero para atender las necesidades de un anciano dependiente no alcanza que sea una señora de confianza sino que tiene que estar capacitada, debe saber las técnicas del cuidado de estas personas. Ahí ya empiezan los primeros prejuicios en la cascada de culpas”.

Así, insistió en plantear que “a los hijos les cuesta mucho aceptar que están frente al paso del tiempo de sus padres y/o a una patología, que requiere a alguien. no es tu mamá o tu papá de siempre si no es deteriorado, desgastado o enfermo. Las personas de esta edad no aceptan los cuidadores y eso es una señal de que no están muy lúcidas. El deterioro mismo produce demandas y llaman a los hijos por cualquier cosa y cuestionan el rol de la cuidadora. La familia empieza a percibir que la ayuda que le da no le sirve y ven el deterioro progresivo: que su familiar no está limpio como debería, que tiene mal aliento, entre otras cuestiones”.

Como alternativa -continuó- encuentran los centros de día adonde van los ancianos por unas horas.

Pero es muy difícil porque sólo se pueden rehabilitar algunas actividades cotidianas pero no cambiarlos. Seguramente se logrará un beneficio pero éste no es vivenciado en general, justificable en relación al esfuerzo que significa trasladar al anciano para llevarlo a ese centro de rehabilitación”.

Y agregó: “Desde la Geriatría decimos que este tipo de modelo prestacional (un sólo cuidador o estos modelos de estimulación) son muy positivos en el inicio, entre la dependencia aceptada y la avanzada, donde se logran efectos de sociabilización interesantes (se relacionan con pares, aquí es donde funcionan muy bien los centros de jubilados). Pero estamos hablando de una dependencia manejable, no grave, pero el problema pasa cuando se intenta hacer algo cuando la dependencia es avanzada o severa. La gente equivoca los tiempos, por desconocimiento o analfabetismo gerontológico”.

DEPENDENCIA AVANZADA

La situación de nuestro familiar cambia cuando su dependencia avanza y esto genera gran carga en la familia. En este sentido, el Dr. Hugo Valderrama aseguró que “en este momento, las soluciones anteriores dejan de serlo. La dependencia avanzada produce estrés en el cuidador, sobre todo si es un familiar, que termina en su saturación. Comienza a nacer en ella la culpa porque todo el esfuerzo que hizo no termina de revertir el proceso.

Hay algunas explicaciones psicológicas de por qué se produce la culpa: una dice que cuando uno visualiza a su padre o madre como la imagen de su propia vejez produce rechazo; a nadie le gusta verse viejo. Ese rechazo se enfrenta pero produce la culpa porque se rechaza su propia imagen, extrapolando la situación”.

Otra de las cosas que produce culpa -planteó el profesional- es el juicio social: si uno deja de cuidar al familiar y lo lleva al geriátrico se preguntan qué va a decir la gente que lo conoce, qué van a pensar de uno, que lo abandona. El detonante es la ambivalencia afectiva: uno quiere a esa persona pero también preferiría que estuviera muerta. Cuando se siente esto la culpa es peor. Si no busca ayuda en los equipos adecuados no podrá resolver el tema.

Asimismo, advirtió que “cuando la gente decide llevar a su familiar al geriátrico algo ocurre que empeora la situación y hay un corte. Se plantean: “Hasta acá llegué y no soporto más; no me alcanza con los médicos y la ayuda que le doy’. La enfermedad ya está en la familia y la mayoría de los colegas no sabe cómo manejar este tema. Por eso, el anciano no debe ser visualizado desde el concepto de la antinomia salud-enfermedad. Se debe manejar el concepto gerontológico de fragilidad o vulnerabilidad”.

Por último, agregó claramente: “El médico tratante debería alertar a la familia sobre la situación que está viviendo el adulto mayor y plantear que -según el caso- desde el punto de vista de lo físico puede estar bien, simplemente envejecido, pero teniendo en cuenta que tiene más de 85 años, que vive solo, que el dinero que tiene no le alcanza para nutrirse, que maneja mal el concepto de sed (no toma agua) está vulnerable y por eso se debe hacer algo”.

“La dependencia avanzada produce estrés en el cuidador -sobre todo si es un familiar-, que termina en su saturación. Comienza a nacer en esa persona la culpa porque todo el esfuerzo que hizo no termina de revertir el proceso”.

Dr. Hugo Valderrama, gerontólogo

ENTRELÍNEAS

2.jpg

Los adultos mayores tienen sus derechos y sus deberes y no todos son enfermos.

Sentimientos de culpa, peleas entre hermanos y conflictos económicos son algunas de las circunstancias que se viven en esas familias al momento de tomar la decisión.

3.jpg

el cuidador natural de un anciano enfermo es su pareja, otro adulto mayor.

Cuando la dependencia avanza

“Cuando la dependencia del adulto mayor recién comienza, es aceptada: el cuidador familiar es muy importante que intervenga o, eventualmente, se debe optar por el cuidador “señora de confianza’ para atenderlo, llevarlo a pasear, ayudarlo a moverse, bañarse o cocinar. Este es el momento en donde es importante la estimulación y sería óptimo que se trabaje en un centro de día, como modelo psicosocial”, planteó el gerontólogo Hugo Valderrama.

“Cuando la dependencia avanza, la familia visualiza todo como carga: hay que bañarlo, vino orinado, todo es molestia. En este momento, las soluciones anteriores dejan de serlo. Esta dependencia avanzada produce el estrés del cuidador, sobre todo cuando es un familiar. Si es profesional (externo, capacitado) se puede estresar pero de manera diferente porque no está ligado por un sentimiento. Debe mantener una relación de distancia con el paciente para que éste no intente negociar con él la toma o no de un medicamento, alguna comida que le gusta o no, bañarse o no”, concluyó.

5_FR.jpg

No es vender el alma al diablo

“Cuando una persona ingresó a su familiar al geriátrico siente que le vendió el alma a Satanás y en realidad no es así”, aseguró el Dr. Hugo Valderrama. Y aclaró que “la culpa se lleva permanentemente porque no se termina de entender cuándo ese padre o madre dejó de serlo y se convirtió en un anciano. Creen que con amor se resuelve el problema y quieren cuidarlo en la casa a pesar de que tenga arterioesclerosis, demencia, diabetes, hipertensión, entre otras patologías”.

En este sentido, informó que “cerca del 97% de los ancianos en nuestro país está en sus domicilios. Esto significa que todo lo que envejece no tiene que ir a un geriátrico. La incorporación de una persona a estas instituciones debe ser muy pactada y analizada profesionalmente. Si la entidad es buena y cumple con sus expectativas, la persona termina sintiéndose protegida y el anciano estará bien”.

Por último, recordó que “un geriátrico debe tener personal capacitado para prestar servicios para mejorar la calidad de vida de las personas para vivir dignamente los últimos días de sus vidas. Pero desde el Ministerio de Salud -que tiene a su cargo su habilitación y monitorear su funcionamiento- sólo controlan lo estructural de los establecimientos y la plantilla de profesionales, pero no los currículums”.

5.jpg

La mayoría de las familias no saben cómo manejar socialmente el paso del tiempo en sus adultos.

6.jpg

más datos

Necesitar del otro

El Dr. Hugo Valderrama hizo dos salvedades en relación con los adultos mayores: que vejez no es sinónimo de enfermedad y que no es lo mismo dependencia que discapacidad.

Discapacidad

“Una discapacidad es cuando la persona tiene algún tipo de imposibilidad de realizar una actividad determinada. En tanto, dependencia no se refiere puntualmente al desarrollo de la vida sino a la vida en general, es decir, a la actividad de la vida diaria”.

Primeras pérdidas

“Lo primero que se nota es cuando comenzamos a necesitar lentes, cuando no podemos cepillarnos solos la espalda al bañarnos o cuando tenemos dificultades para alcanzar el jabón que se cayó en la ducha -precisó Valderrama-. Son los primeros indicios de la pérdida progresiva y constante de las habilidades para desarrollar lo común en la vida cotidiana”.